El número para llorar de pliego16 contiene:
Alejandro García-Abreu La dificultad de no ser nadie [ensayo] Pablo Duarte Verónica Gerber Bicecci Nydia Pineda De Ávila Nostos [ensayo] Nadia Villafuerte Tinta azul [narrativa] Leonor Enríquez La tristeza [dramaturgia] Alejandro Albarrán Polanco José Aurelio Vargas Sin título. 3.3 [dramaturgia] Audomaro Hidalgo Desayuno, Otro [poesía] Alapo Valcose Expediente 374/52 [híbrido] Reseña. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, de George Steiner | Editorial En una famosa página atribuida a Aristóteles, y que muy probablemente no debamos a su mano pero que igual es fidedigna de su época, se lee: “¿Por qué los hombres excepcionales, en la filosofía, en la política, en la poesía o en las artes, son ostensiblemente melancólicos, algunos al grado de padecer males provocados por la bilis negra?”. Quizás resulte curioso comprobar que la inveterada relación entre sensibilidad creadora y espíritu melancólico ha llegado casi intacta hasta nuestros días. Para Aristóteles y sus contemporáneos fue natural creer que a estos seres poco comunes los invadía el “furor divino”, otorgándoles una intensa fuerza creativa que los impulsaba a proferir palabras de sabiduría y belleza. Sin embargo, el precio debido por recibir este don se pagó muchas veces dejando entrar en el alma, junto con el hálito divino, a la melancolía. En el tiempo nuestro el mito del artista inspirado, tocado por las musas que lo impelen a cantar para luego atormentarlo hasta lo inexpresable no ha sido, por desgracia, olvidado del todo. Los poetas, músicos y pintores que aún conciben su arte producto del abrazo de una martirizante inspiración y no del trabajo constante, no han terminado de extinguirse. Quizás no lo hagan nunca. Son los que aseguran sólo poder trabajar en un rapto tan doloroso e intenso que vuelve imposible cerrar la entrada a la melancolía. Una melancolía de la que alardean porque las palabras de Aristóteles continúan soltando su veneno, |
convenciendo a muchos de que para ser
artista, precisa ser melancólico. Melancolía impostada, ignorante de
que la gran mayoría de los artistas “melancólicos” han encontrado en la
creación la mejor vía para contrarrestarla, no para hacer mayor el peso
de su tristeza. ¶ En su origen, el humor melancólico compartía las
páginas de los tratados médicos y filosóficos con el humor sanguíneo,
el colérico y el flemático. Era, de hecho, el menor de todos, al que se
consideraba un auténtico mal, una enfermedad. Ahora es,
fundamentalmente, al único que prestamos atención. Luego pasó a ser el
signo de la reflexión inspirada, luego volvió a unirse al sufrimiento…
Es posible comparar su historia con el inmóvil río de Heráclito, el que
a pesar de ocupar el mismo espacio no cesa de mutar sus aguas,
transformándose en un río distinto cada vez. Con el término melancolía
hemos definido una idea persistente en la historia de nuestro
pensamiento; sin embargo, cada época lo ha empleado para nombrar
conceptos distintos, glorificándolo como la caricia que Dios hace a los
que cantarán su nombre, o maldiciéndolo como la enfermedad que no cesa
de afligir nuestro espíritu. ¶ En su origen etimológico se halla la
bilis negra de la que habla el falso Escalígero —μέλαινα κσλος— una
sustancia que la medicina clásica imaginó negra, espesa y viscosa,
secretada por el bazo y cuya presencia en el torrente sanguíneo
entorpecía la buena circulación. En la pregunta anotada al inicio se
hallan los dos puntos elementales del desarrollo de esta idea. El
primero une a la melancolía con las facultades extraordinarias de la
creación: a la raza de los melancólicos pertenecieron, según el
Aristóteles de este texto, Empédocles, Platón y Sócrates; y —aclara–
debe añadirse a esta lista “casi todos los que se dedican a la poesía”.
En segundo término, la pregunta avanza una cuestión fundamental; si
bien el melancólico se encuentra dotado de manera excepcional para las
actividades del pensamiento y el arte, padece los males provocados por
la bilis negra. ¶ ¿Se sospecha hasta aquí una contradicción? Por un
lado, poseer un temperamento melancólico parecería equivaler a
convertirse en uno de estos hombres excepcionales para la actividad
creadora. En uno de los poetas que sólo Platón se atrevió a repudiar en
el inútil afán de negarse a sí mismo. Por el otro, resulta que la
melancolía se sufre como una enfermedad a la que es preciso tratar con
los remedios más violentos. Como Jano que mira sin alternar al pasado y
al futuro, desde la antigüedad clásica la melancolía se presenta con
esta doble faz: una eleva la mirada hacia la divinidad de la que finalmente proviene; la otra se hunde en el abismo de la enfermedad, del mal y la locura.
pliego16, 8, 2008
Consejo editorial Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber Bicecci, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París, Héctor Antonio Sánchez
Editor Pablo Molinet Jefe de redacción Paola Velasco
Consejo editorial Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber Bicecci, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París, Héctor Antonio Sánchez
Editor Pablo Molinet Jefe de redacción Paola Velasco