El número para llorar de pliego16 contiene:

Alejandro García-Abreu


Pablo Duarte


Verónica Gerber Bicecci


Nydia Pineda De Ávila
Nostos [ensayo]


Nadia Villafuerte
Tinta azul [narrativa]


Leonor Enríquez
La tristeza [dramaturgia]


Alejandro Albarrán Polanco


José Aurelio Vargas
Sin título. 3.3 [dramaturgia]


Audomaro Hidalgo
Desayuno, Otro [poesía]


Alapo Valcose


Reseña. Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento, de George Steiner

Editorial
En una famosa página atribuida a Aristóteles, y que muy probablemente no debamos a su mano pero que igual es fidedigna de su época, se lee: “¿Por qué los hombres excepcionales, en la filosofía, en la política, en la poesía o en las artes, son ostensiblemente melancólicos, algunos al grado de padecer males provocados por la bilis negra?”. Quizás resulte curioso comprobar que la inveterada relación entre sensibilidad creadora y espíritu melancólico ha llegado casi intacta hasta nuestros días. Para Aristóteles y sus contemporáneos fue natural creer que a estos seres poco comunes los invadía el “furor divino”, otorgándoles una intensa fuerza creativa que los impulsaba a proferir palabras de sabiduría y belleza. Sin embargo, el precio debido por recibir este don se pagó muchas veces dejando entrar en el alma, junto con el hálito divino, a la melancolía. En el tiempo nuestro el mito del artista inspirado, tocado por las musas que lo impelen a cantar para luego atormentarlo hasta lo inexpresable no ha sido, por desgracia, olvidado del todo. Los poetas, músicos y pintores que aún conciben su arte producto del abrazo de una martirizante inspiración y no del trabajo constante, no han terminado de extinguirse. Quizás no lo hagan nunca. Son los que aseguran sólo poder trabajar en un rapto tan doloroso e intenso que vuelve imposible cerrar la entrada a la melancolía. Una melancolía de la que alardean porque las palabras de Aristóteles continúan soltando su veneno,

convenciendo a muchos de que para ser artista, precisa ser melancólico. Melancolía impostada, ignorante de que la gran mayoría de los artistas “melancólicos” han encontrado en la creación la mejor vía para contrarrestarla, no para hacer mayor el peso de su tristeza. ¶ En su origen, el humor melancólico compartía las páginas de los tratados médicos y filosóficos con el humor sanguíneo, el colérico y el flemático. Era, de hecho, el menor de todos, al que se consideraba un auténtico mal, una enfermedad. Ahora es, fundamentalmente, al único que prestamos atención. Luego pasó a ser el signo de la reflexión inspirada, luego volvió a unirse al sufrimiento… Es posible comparar su historia con el inmóvil río de Heráclito, el que a pesar de ocupar el mismo espacio no cesa de mutar sus aguas, transformándose en un río distinto cada vez. Con el término melancolía hemos definido una idea persistente en la historia de nuestro pensamiento; sin embargo, cada época lo ha empleado para nombrar conceptos distintos, glorificándolo como la caricia que Dios hace a los que cantarán su nombre, o maldiciéndolo como la enfermedad que no cesa de afligir nuestro espíritu. ¶ En su origen etimológico se halla la bilis negra de la que habla el falso Escalígero —μέλαινα κσλος— una sustancia que la medicina clásica imaginó negra, espesa y viscosa, secretada por el bazo y cuya presencia en el torrente sanguíneo entorpecía la buena circulación. En la pregunta anotada al inicio se hallan los dos puntos elementales del desarrollo de esta idea. El primero une a la melancolía con las facultades extraordinarias de la creación: a la raza de los melancólicos pertenecieron, según el Aristóteles de este texto, Empédocles, Platón y Sócrates; y —aclara– debe añadirse a esta lista “casi todos los que se dedican a la poesía”. En segundo término, la pregunta avanza una cuestión fundamental; si bien el melancólico se encuentra dotado de manera excepcional para las actividades del pensamiento y el arte, padece los males provocados por la bilis negra. ¶ ¿Se sospecha hasta aquí una contradicción? Por un lado, poseer un temperamento melancólico parecería equivaler a convertirse en uno de estos hombres excepcionales para la actividad creadora. En uno de los poetas que sólo Platón se atrevió a repudiar en el inútil afán de negarse a sí mismo. Por el otro, resulta que la melancolía se sufre como una enfermedad a la que es preciso tratar con los remedios más violentos. Como Jano que mira sin alternar al pasado y al futuro, desde la antigüedad clásica la melancolía se presenta con esta doble faz: una eleva la mirada hacia la divinidad de la que finalmente proviene; la otra se hunde en el abismo de la enfermedad, del mal y la locura.

pliego16, 8, 2008

Consejo editorial Leonor Enríquez, Guillermo Espinosa Estrada, Verónica Gerber Bicecci, Javier Peñalosa, Daniel Saldaña París, Héctor Antonio Sánchez
Editor Pablo Molinet  Jefe de redacción Paola Velasco
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